México, país de ojetes II

Neurona abusiva

Ya hace algunas entradas hablábamos de lo ojetes que son algunos mexicanos (para los que no saben qué es ojete, aquí la explicación: Ojete: malagradecido, pendenciero, agresivo, rencoroso, hostil, vengativo, belicoso, ventajoso, ofensivo, resentido… todas ellas y más en una sola palabra: ojete), pues hoy nos encontramos una columna que, aunque ya es sabido y hasta se han escrito una infinidad de temas relacionados, no está mal volverlos a repasar:

Nota: la columna aparece en el Grupo Reforma, aquí para verla en el periódico.

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¡No, porque es ilegal!

La cultura de legalidad no es común encontrarla entre los mexicanos. Las razones por las que la mayoría de las personas frenan o llegan a pensar dos veces la comisión de un acto ilícito no tienen nada que ver con lo que la ley señala, sino con la evaluación de los riesgos y consecuencias que sus acciones podrían llegar a ocasionarle.

Si una persona deliberadamente incumple un reglamento o un contrato, da “gato por liebre” o finge demencia para quedarse con algo que no le pertenece; si maneja en estado de ebriedad, da una vuelta prohibida, comete un fraude, falsifica un documento, etcétera, lo que evalúa a la hora de decidir hacerlo no es el hecho de que violará la ley, sino cómo esconderá su acción y cómo saldrá del problema si es que llegan a “cacharlo”.

En nuestra cultura, el que una determinada acción sea ilegal no es consideración suficiente para frenarla.

Cometer un ilícito en México es una decisión basada por lo general en lo siguiente: en el cálculo de probabilidades de que nadie se entere; en la existencia de caminos para salir impunes en caso de ser descubierto, mediante el uso influencias y corrupción, y en el simple cálculo del costo-beneficio derivado de las penas económicas que sus actos podrían acarrear y si los montos resultantes pueden ser considerados como “pagables”.

El tipo de educación que la mayoría de los mexicanos reciben en sus casas y en las escuelas, y los argumentos que se esgrimen para decir “no” a ciertas actividades riesgosas o ilegales, se basan casi siempre en meras demostraciones de autoridad, carentes de argumentos y sin siquiera ser predicadas con el ejemplo.

Las personas inteligentes necesitan respuestas inteligentes. Y es más inteligente decirle a cualquier persona, “¡no, porque es ilegal!”, que “¡no, porque yo digo y punto!”
 
Una respuesta tonta dada a un niño o a un joven inteligente produce insatisfacciones, ansiedad o rebeldía al no dar argumentos sostenibles y suficientes para resistir la presión del grupo social al que pertenece, a la hora de tener que negarse a hacer determinado acto.

Ningún adolescente le dice a sus compañeros que no hará tal o cual cosa porque su papá le dijo ¡que no, y punto!, pero muchos pueden defender su negativa diciendo porque ¡es ilegal y punto!

El hecho de proporcionar a los hijos, y a los jóvenes en general, razones y argumentos acerca de un determinado comportamiento o de las reglas a seguir les permite actuar convencidos y teniendo claras las consecuencias de sus actos.

La cultura de la legalidad no es parte de la cultura mexicana, porque la mayoría considera el respeto a la ley y el freno que la ley representa como una forma de sumisión y conformismo.

La mayoría de los mexicanos acata las leyes sólo en la medida en que se siente vulnerable a la autoridad. Otros, los que se sienten parte de un grupo de poder o con influencias y dinero suficientes para actuar al margen de la ley, lo hacen con un grado de cinismo tal que hasta presumen su desacato.

Vean la diferencia cultural: cuando en Estados Unidos la autoridad o un ciudadano dice “is the law” se acaban las discusiones, pese a que se trate de disposiciones legales aparentemente ridículas. Si en México un ciudadano o la autoridad misma invoca la ley, es cuando las discusiones empiezan y la cosa se pone buena.

Para avanzar como sociedad y ser respetados como individuos necesitamos entrar voluntariamente en mecanismos de autorregulación que exijan por parte de los ciudadanos una armonía entre el respeto a la ley, las convicciones éticas y morales y las tradiciones y convenciones culturales.

Necesitamos generar el acuerdo social de que las leyes aplican a todos por igual, y que quien las viole, en lugar de ser admirado por su atrevimiento o su poder de corrupción e impunidad, será denunciado y socialmente repudiado.

¡No, porque es ilegal!, debe ser parte del discurso que encamine nuestras acciones y las de los demás. ¡No, porque es ilegal!, debe ser parte de los valores, percepciones y actitudes que como individuos debemos tener hacia las leyes y las instituciones.

 
“Un hombre de Estado pasa la mitad de su vida haciendo leyes y la otra mitad ayudando a sus amigos a no cumplirlas” Noel Clarasó

Ricardo Elías

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El Director no dejo nada.

Hoy soy legal

A la que también le avergüenza la ilegalidad es de Ruero

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